Nostalgia de la madre muerta. Reseña de Javiera Zamorano

Nostalgia de la madre muerta. Reseña de Javiera Zamorano

“Es 1950, y el olvido y el recuerdo parecen inaugurar una batalla que yo creo universal. Me excusa ser pequeño y no comprender que hay un límite entre mi ser y lo restante. Algún día comprenderé que el asunto es, apenas, acerca de mi olvido y mis engañosos recuerdos.”

Esta breve pero poderosa sentencia, nos introduce a "Nostalgia de la madre muerta", segunda novela publicada en Ediciones La Pollera por el autor Federico Zurita Hecht.

La muerte se vuelve una presencia protagónica en la vida de cuatro generaciones de hijos, quienes anhelan de manera obsesiva volver a sentirse en cercanía con la figura de la madre muerta. Sus vidas se configuran alrededor de la ausencia y las reflexiones que el dolor obliga a realizar: ¿Qué es una madre? ¿Quién fue mi madre? En torno a una serie de interrogantes acerca de la naturaleza de la pérdida es que se establecen conflictos que se entrelazan con la cotidianeidad de cada uno de los individuos. La madre como útero, el útero como un refugio, y el día a día como una búsqueda de medios que los regresen a ese lugar de eterna protección. Mapas, retratos, una representación teatral, o la búsqueda del mítico “Camino de los muertos”, son algunos de los mecanismos con los cuales los personajes se arman frente al olvido.

La herida del huérfano es una herencia que recorre a los integrantes de la familia, y que sin embargo deciden vivir en completa soledad. Padre, hijo, abuelo, bisabuelo. Para ellos, la pérdida es una experiencia que cada uno mantiene para sí, y el ensimismamiento viene a constituir un método de conservación del recuerdo, de no compartir con otros a la madre. Es así como los personajes se aferran a su dolor como evidencia de la huella, sin enterarse del sentir del otro.

Esta novela polifónica presenta una problemática ineludible de la experiencia humana: la pérdida de un ser querido. El autor permite una inmersión en las diferentes subjetividades a la vez que nos habla desde voces que bien podrían ser una sola compartida, perteneciente a una colectividad doliente. Federico Zurita Hecht no pretende brindarle al lector una guía de duelo, sino que le invita a sumergirse en él y explorar sus diferentes dimensiones, tal como ocurre en El Teatro del Espejo, lugar donde volver a ver a quienes han fallecido se nos obsequia como el más inverosímil de los regalos:
“Ahora soy un adulto, no el más valiente de los adultos, pero tras escucharte en escena sufrí más por ti que por mí. Comprendí que viviste toda mi angustia infantil casi como si fuera tuya, y estoy seguro de que hasta habrías deseado ocupar mi lugar en mis pesadillas sólo para que yo estuviera bien. Tal vez moriste tan joven porque finalmente sí ocupaste ese lugar. Tal vez por eso ya no sueño así.”

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